viernes, 10 de marzo de 2017

La evolucion desde la filosofia y la fe.


Una colaboración de nuestro amigo coreano Ion Li Orda, el mismo contestará a sus cuestiones...


Tolstoi, Tolstoi era una persona más bien “progresista” y estaba a favor del progreso de las ciencias,  sin embargo consciente de sus limitaciones de cara a explicar las realidades de la vida, por eso escribe a su sobrino  "Las ideas del darwinismo, de la evolución y la lucha por la supervivencia, que tú has asimilado, no te explicarán el sentido de la vida ni te servirán de guía en tus actos. Y la vida –si no explicamos su sentido y trascendencia y perdemos la fiel orientación que de ello deriva- se convierte en mísera existencia. Tenlo presente. Con amor –y con toda probabilidad en vísperas de la muerte te lo digo- (Carta desde la estación de Astapovo)".
La pregunta sobre si uno es o no “partidario” de la evolución es incómoda y, en el fondo, profundamente desenfocada. Se entiende porque el ser humano tiende a ser partidario y toma partido por impulsos sentimentales. Esta tendencia también se manifiesta en cada uno de los aspectos de este tema: hay gente a favor y en contra. Pero hay un problema de método:  se puede ser partidario de un equipo de fútbol, porque no hacen falta razones para apoyar al Madrid o al Barca. Pero en la ciencia hacen falta razones para tomar partido.
Es más: el espíritu científico lleva a ser partidario de una posición solo y en la medida en que está demostrada, ni más ni menos. Todo lo que se sale de allí estorba a la ciencia, porque impide la imparcialidad de juicio. ¿Y cuándo se puede considerar que algo está demostrado? Un efecto queda explicado cuando se descubren sus causas, todas las causas que han intervenido. Primero hay que determinar, una por una, las causas necesarias que intervienen en un proceso: aquellas sin las cuales no hay proceso. 
Después hay que probar que son suficientes para explicar el proceso, que no olvidamos ninguna, que bastan estas causas para explicar todo lo que ha sucedido. La evolución tiene un problema grave de método científico; y es que no se puede repetir en condiciones de laboratorio. No se pueden hacer actuar las causas en el laboratorio como actúan en la naturaleza. No lo permiten los tiempos que hacen falta para ello. Por eso, no podemos determinar fácilmente las causas necesarias y suficientes, una por una. No podemos realmente experimentar poniendo una causa y quitando otra para ver lo que sucede. Sólo tenemos delante un único proceso irrepetible para nosotros. Esto produce muchas más conjeturas que en cualquier otra rama de las ciencias.
Y, respecto a la evolucion ¿que tenemos?. En este sentido tenemos que considerar tres planos: 
  1. Los datos que indican una evolución. 
  2. Las teorías que intentan explicar la evolución por sus causas (necesarias y suficientes). 
  3. Las cosmovisiones que extrapolan la evolución y la convierten en la explicación de todas las características de los seres vivos y de los seres humanos.

1.- Los datos que indican una evolución.
  • a.- Los fósiles que estudian los paleontólogos: es un conjunto amplio, fragmentario (porque no todo fosiliza), difícil de analizar y datar, pero muy elocuente: tenemos claras muestras de especies desaparecidas que tienen formas parecidas y parecen emparentadas con especies actuales.
  •  b. Parecidos y dependencias morfológicas entre las especies actuales, que estudian desde hace siglos los naturalistas y biólogos, intentando clasificarlos en familias, por su parentesco. Es también un registro muy amplio y elocuente. Al que se ha añadido el estudio genético que permite establecer mucho mejor las relaciones de parentesco y permitirá quizá conocer cómo se producen los tránsitos, campo está en plena expansión desde que, en el año 2002, se descifró el genoma humano 

El conjunto de datos supone un testimonio bastante contundente de que existe una relación “histórica” entre especies y que ha habido una evolución. No se ve otra manera razonable de explicarlo: que ha existido una evolución es la explicación más simple y abarcante de lo que se observa. Esto lleva a que se considere prácticamente probado el hecho de la evolución. Pero con esto no hemos explicado cómo se produce la evolución, sino solo el hecho de que se produce.

2. Teorías sobre la evolución 
En la historia se han formulado distintas hipótesis para explicar cómo y por qué se ha producido la evolución. Dejando aparte posiciones antiguas, hay acuerdo casi general sobre dos tipos de causas, cuya formulación ha cambiado un poco en los últimos cincuenta años con el aumento de los conocimientos: 
  • a) Variabilidad “espontánea” de la herencia: Es observable en pequeña escala y se conocen en parte los motivos por los que se produce. Precisamente en esta observación se inspiró Darwin para formular su teoría.
  •  b) Selección por el medio en sentido amplio: Se selecciona el “mejor adaptado” para sobrevivir o reproducirse. También es observable en pequeña escala. El medio ejerce una presión sobre la descendencia de manera que triunfan los mejor adaptados. 
Las versiones sobre estas causas se han complicado en los últimos años, porque hoy se sabe que el medio también afecta a la expresión genética de la herencia, pero todavía se mantienen claramente las dos causas. La pregunta es ahora: ¿con solo estas dos causas explicamos bien lo que ha sucedido?, ¿son suficientes estas dos causas? Parecen suficientes, y en parte se pueden comprobar a nivel “horizontal”. Es decir, para explicar cambios de tamaño, de costumbres, de pelaje, etc. Es lo que se llama “microevolución”. Pero la cuestión cambia bastante cuando se observa el asunto de lejos y nos planteamos la escala ascendente –la línea vertical- que va desde la misteriosa célula primitiva hasta el ser humano: ¿son suficientes estas dos causas para explicar los cambios y mejoras espectaculares que se han producido en la historia de la evolución?
Visto en su conjunto, no parece que ninguna de las dos causas sea suficiente para explicar la fantástica aparición de estructuras complejas, con fantásticas propiedades biológicas, psicológicas e intelectuales. Por lo menos, no se pueden explicar solo con estas dos causas tal como se describen hoy: la variación “aleatoria” de la herencia y la selección de los mejor adaptados. La respuesta de muchos ante estas patentes dificultades es: “tiene que ser así, porque no conocemos otras causas”. De manera que dan por demostrado lo que hay que demostrar. 
Además, a falta de una verdadera base experimental, que es, como hemos dicho, prácticamente imposible, por no poder repetir los procesos en laboratorio, la literatura sobre la evolución tiende a confundir las conjeturas con las explicaciones y, por pura repetición, acaba creando verdaderos espejismos. Es habitual dar por explicación suficiente de la aparición de una característica el que suponga una ventaja adaptativa. Esto se ha convertido en un género literario y “científico”. Y se repite sin cesar, por ejemplo, que, en el ámbito humano, la solidaridad y el sentido moral existen porque facilitan la supervivencia de la especie; y lo mismo el habla o la inteligencia. Pero está claro que el que algo pueda suponer una ventaja no explica cómo ha podido surgir. 
La historia de la evolución supone pasar de una célula primitiva, cuyo origen está sin explicar, a todas las formas de vida donde podemos observar una expansión fabulosa de complejidad, funciones y propiedades. Cada una de estas nuevas estructuras con nuevas propiedades necesita explicación. No es explicación decir que ha surgido aleatoriamente. Es como decir que ha surgido porque ha surgido. Además, no cualquier causa que contribuye a un efecto es explicación suficiente del efecto. Si, paseando aleatoriamente por la playa, me tropiezo con un cofre donde hay un tesoro. La casualidad es suficiente para explicar que encuentre el tesoro, pero no explica el tesoro. No es lo mismo decir que el material genético tiene unas tendencias reordenadoras que pueden dar lugar a un ojo, que decir que el ojo ha salido por puro juego aleatorio. La casualidad no es suficiente para explicar un ojo. Y si el ojo surge por reordenaciones del material genético, hay que admirarse de las asombrosas propiedades que tiene el material genético y preguntarse de dónde han salido, porque la física que manejamos no tiene esas propiedades.

3. Cosmovisiones o ideologías a partir de la evolución 
Llamamos cosmovisiones a las interpretaciones globales de toda la realidad o, por lo menos de toda la realidad humana. Una cosmovisión se convierte en ideología cuando alguien pretende guiar y transformar el mundo con ella. En el siglo XX ha habido varios intentos.

Históricamente, ha habido muchas extrapolaciones de las teorías de la evolución. Unas al nivel de la tragedia, porque han contado con medios para dirigir la vida pública. Otras, al nivel del chiste, porque no han contado con medios. Otras no sabemos dónde van a acabar porque no podemos calcular el apoyo social que pueden encontrar. 
Hubo una aplicación trágica de las teorías de la evolución en la Alemania nazi, cuando se habló de razas superiores e inferiores, mejor o peor adaptadas, con mayor o menor derecho a imponerse en la lucha por la vida, y con derecho natural a su espacio vital (Lebensraum). Era una aplicación directa a la sociedad de conceptos biológicos (en parte, todavía vigentes en la biología, pero ya no en la cultura). 
 Hay ejemplos muy conocidos más recientes, como la sociobiología de E. O. Wilson (1980) y el conductismo radical de B. F. Skinner, que intentaban explicar todas las características de la vida social como consecuencia de la teoría de la evolución. Se presentaban como cosmovisiones, porque querían explicarlo todo: pero también eran ideologías, porque pretendían transformarlo todo. El famoso libro de Skinner, Más allá de la libertad y la dignidad (1973), lo dejaba claro desde el título: hay que superar la idea de que somos más libres y dignos que el resto de los animales, porque las ideas de libertad y dignidad, en las que descansa todo nuestro sistema de convivencia, no se justifican desde el punto de vista evolutivo y materialista.
Cuando Dawkins, que es heredero de los anteriores y uno de los ideólogos actuales más conocidos de la evolución, escribe El gen egoísta o El relojero ciego, no se queda en los datos o en las hipótesis, sino que también postula una cosmovisión que quiere explicarlo todo y una ideología que  pretende transformarlo todo. La clave de toda su metafísica es el impulso ciego del patrimonio genético a sobrevivir (gen egoísta). De ahí ha salido todo (relojero ciego) y con eso le parece que explica todo sin que haga falta Dios (El espejismo de Dios). Pero, además de ser un reduccionismo indemostrado, no explica cómo ha podido salir de la física el impulso ciego de los genes; ni los genes mismos como juego espectacular de construcción. Se comprende que estas ideologías que pretenden cambiar los fundamentos jurídicos de nuestras sociedades hayan suscitado una oposición, a veces cerrada, que no va dirigida, en realidad, contra las ciencias, sino contra el uso ideológico de las ciencias. Y así se ha generado una “batalla cultural”. A veces, ha dado lugar a un desenfocado enfrentamiento creacionismo/evolucionismo.
También aquí hay que distinguir. No es lo mismo oponerse a las ideologías evolucionistas, a las teorías evolucionistas o a los datos sobre la evolución. Algunos no distinguen y se oponen a todo. Otros distinguen y les parecen insuficientes las explicaciones de las teorías; y algunos proponen alternativas mejor o peor pensadas.

Cuando extrapolamos nuestros conocimientos y pretendemos dar una explicación global de la realidad, es evidente que nos hemos salido del campo de las ciencias experimentales. No estamos haciendo pruebas de laboratorio. Hemos entrado en el campo de la filosofía. Una célula es una entidad muy superior en organización a una autopista o a un aeropuerto, y está llena de funciones y propiedades asombrosas, perfectamente identificables. ¿Es suficiente explicación decir de qué componentes está hecha o establecer la hipótesis de que surge por un proceso de combinación aleatorio? ¿Y la inteligencia de la organización que está presente y visible en la célula de dónde ha surgido? Y claro, cuando pensamos en el ser humano con su inteligencia y libertad tan claramente metidas dentro, se plantea una paradoja irresoluble: ¿cómo una materia que evoluciona al azar puede dar lugar a la razón humana? ¿Cómo se explica que la razón surja por un proceso irracional? 

Las pruebas de que ha habido una evolución son bastante fuertes: todo el registro fósil y las comparaciones morfológicas y genéticas entre las especies. Las pruebas de que existen la inteligencia y la libertad son mucho más fuertes: toda la transformación observable en la superficie del planeta, que asusta, con razón, a los ecologistas. En cambio, las pruebas de que la inteligencia y la libertad humanas proceden de una variabilidad genética aleatoria y de la selección del medio, sencillamente no existen. Se suponen estas causas “por defecto”. Pero es evidente que falta algo importante.
¿De verdad es razonable afirmar que todo este proceso es puramente aleatorio sin otras causas que la casualidad y, a partir de la primera célula inexplicada, la supervivencia del mejor adaptado? ¿No queda esta explicación inmensamente pobre e insuficiente en relación a lo que ha pasado y a lo que existe? ¿Cómo se explica que, aleatoriamente, aparezcan las leyes biológicas que, después, aleatoriamente, gobiernan toda la evolución? A un materialista no le impresionan estas preguntas, porque su punto de partida es irrenunciable: sólo existe la materia tal como la entiende nuestra física (que es una abstracción); por tanto, la explicación de toda la  historia del mundo y de todo lo que existe, incluyendo las leyes biológicas, la inteligencia y la libertad, sólo puede ser “física”. No puede escapar de este círculo, porque no quiere escapar. Sabe que hoy no lo puede demostrar, pero “cree” que llegará un día en que lo podrá demostrar. No se trata de una deducción racional que puede cambiar si cambian los datos, estamos tratando con una “fe” en la “física” que prefiere esperar a que cambien los datos. Un materialista podrá objetar: “pero los cristianos también tienen fe”. Y es verdad. Pero los cristianos no confunden la fe con la ciencia. La ciencia no es el campo de la fe, sino de los datos y las pruebas.



Bibliografia

Dawkins, R. 1979. El gen egoísta. Barcelona: Labor. —.
1988. El relojero ciego. Barcelona: Labor. —. 
2007. El espejismo de Dios. Pozuelo de Alarcón (Madrid): Espasa-Calpe. 
Jordana, R. 1988. “El origen del hombre: estado actual de la investigación paleoantropológica” Skinner, B.F. 1973. Más allá de la libertad y la dignidad. Barcelona: Fontanella. 
Wiesenthal, M. 2010. El viejo león: Tolstoi, un retrato literario. Barcelona: Edhasa. 
Wilson, E.O. 1980. Sociobiología: la nueva síntesis. Barcelona: Omega.

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