lunes, 30 de abril de 2018

La utopia Noemita

La presente publicación fue escrita y elaborada por una colaboradora y amable lectora de este Blog. Este artículo NO fue escrito por Noé Molina (cada vez menos habitual escritor y responsable del sitio ateismo para cristianos)...


En los últimos tiempos, aunque sin ser expresado de modo concreto que el mundo “marcha adelante: El Progreso es inevitable y vamos hacia un mundo mejor.  Se alude, en términos muy generales, a la exigencia de libertad y fraternidad que, emanada de las revoluciones francesa y americana, marchaba hacia la democracia ideal, una vez superada la oscuridad de la Edad Media y la opresión de la religión. Sin embargo algunos accidentes el siglo pasado hicieron tambalearse esa opinion general: la gran Guerra Primero, el fascismo y el nazismo después, la Segunda Guerra Mundial... superado este periodo asistimos a hundimiento del comunismo y al resurgimiento del capitalismo, al avance de los fundamentalismo islámicos, a los estados pseudo dictatoriales, etc.. hoy en día todavía en un mundo tolerante y amistoso todavía hay decenas de millones de seres humanos viviendo en régimen de esclavitud... Todo esto nos hace pensar si realmente esa promesa de un futuro mejor, repetida hasta la saciedad por la progresía tiene algo de cierto: El mundo no va a ninguna parte, en el sentido en que lo decían los viejos optimistas progresistas o los viejos pesimistas reaccionarios. No va hacia el mundo feliz que  Huxley describió, odiándolo, ni hacia la nueva utopía que  H. G. Wells pintó en su obra...

El mundo no mejora en general ni en general empeora. El mundo  hace una cosa: tambalearse. Abandonado a su suerte, no llega a ninguna parte, aunque puede mejorar en algunos aspectos y empeorar en otros. Pero, en sí mismo, eso no es un progreso: la vida no es una escalera, es un columpio.

Por decir esto, la Iglesia Católica ha sido despreciada durante más de cuatrocientos años. La Iglesia nunca sostuvo que los males pudieran ser o no tener remedio, o que las comunidades pudieran ser o no ser felices, o que no valiera la pena ayudarlas en cosas materiales, o que es bueno que se practiquen las buenas formas, que la gente viva mejor o que haya menos delitos. Lo que sí dijo es que no debemos contar con que la gente vaya a vivir mejor o con que disminuya la crueldad en el mundo como si esto fuera una tendencia social inevitable hacia una humanidad sin pecado, en lugar de una posibilidad del hombre, que a veces mejora y a veces empeora: Hay un pequeño defecto en el hombre, imagen de Dios, maravilla del mundo: que no es de fiar. 

Por eso ante estos hechos la progresía, y entre ellos nuestros amigos noemitas, que confían en la llegada de ese mundo mejor cuando desaparezcan las religiones tienen ahora que limitarse a murmurar, como el malo de un melodrama: «Ya nos llegaría nuestra hora». Pero lo hacen en un tono muy diferente a como lo hacían hasta hace poco, cuando, como el personaje de la coplilla, gritaban: «¡Ya no será larga la espera!». Los más optimistas admiten que probablemente tendremos que esperar mucho para revertir todo si es que alguna vez se puede hacer; esta gente tiene que recurrir a una fe puramente mística para pensar que eso sucederá...


Pero esa sorpresa de la progresía ante el fracaso de su revolución viene de su incapacidad para reconocer un hecho: Es en la Iglesia, en el corazón de la cristiandad, en el centro de la civilización llamada católica, allí, y no en ningún movimiento ni en ningún futuro, es donde se encuentra esa cristalización del sentido común, donde están las tradiciones verdaderas y las reformas racionales que el hombre moderno buscó equivocadamente una y otra vez. De allí vendrán los avisos que nos señalarán si la compasión ha sido dejada de lado o la memoria despreciada, no de los hombres que formarán una nueva promoción de gobernantes en esta tierra inquieta y distraída.