jueves, 20 de julio de 2017

El nuevo ateismo (II)

Como se acerca el verano, hace mucho calorcito, también en Corea, vamos a pasar a exponer de un modo crítico los principales argumentos de los nuevos ateos. Podemos adelantar que se trata de los antiguos argumentos rescatados y presentados en nuevas perspectivas. Intentaré ofrecer de modo bastante sistemático sus principales afirmaciones, sin pretender exponer en todos los detalles las posiciones de cada uno de los autores. Al final de cada argumento se presenta una breve crítica de dichas posiciones.

Argumento 1: La religión es una estupidez peligrosa: oposición entre fe y ciencia 

El primer argumento, presente especialmente en los científicos filósofos, tiene su fundamento en la extensión del método propio de las ciencias naturales a todo tipo de conocimiento. A las tesis cientificistas, según las cuales la ciencia empírica es la única fuente de conocimiento del mundo (cientificismo fuerte) o al menos, la mejor fuente de conocimiento de las cosas (cientificismo débil), los ateos añaden el evidencialismo, según el cual una creencia está justificada  sólo si se basa en la evidencia adecuada. En consecuencia, una creencia sólo puede justificarse si se basa en la evidencia científica adecuada. La conclusión inmediata de este modo de conocimiento es la reducción del mundo a lo natural. El ateo dice Dawkins «es alguien que cree que no hay nada más allá del mundo natural y físico» Este argumento lo podemos desdoblar en una doble proposición:

La ciencia desmiente la fe 

Partiendo de una confianza absoluta en la ciencia natural como única fuente de verdad fiable, la fe religiosa es presentada como una superstición carente de pruebas. Siguiendo las posiciones del positivismo, sostienen que la religión pertenece a una etapa infantil de la humanidad. Las luces que brillaron a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX comenzaron a disipar esa superstición infantil, dice Hitchens. Pero es precisa una ilustración renovada que combata a la religión, aliada de la barbarie y enemiga de la civilización. Onfray, por su parte, sostiene que la fe es una actitud infantil, fruto de la credulidad ilimitada del hombre, de su cerrazón ante la realidad y su voluntad de ceguera. El humus de las religiones es el oscurantismo, por lo que urge volver al espíritu de las Luces, liberar a los hombres de la minoría de edad. El creyente odia la inteligencia y el saber. Por eso al hombre religioso se le invita a salmodiar y rezar, pero no a pensar, ni analizar, criticar o debatir. La fe paraliza la inteligencia, empobrece al individuo, prohíbe el libre pensamiento, rechaza la ciencia o la instrumentaliza, imposibilitando cualquier investigación que vaya más allá de los textos sagrados o los cuestione. 
Los nuevos ateos inciden de manera particular en la oposición de la ciencia a la fe. Se trata de un conflicto inevitable, dada la irracionalidad del hecho religioso. La creencia en Dios, en milagros o en un alma inmortal son precientíficas, cosa que ignoran culpablemente las grandes religiones. Según Hitchens la actitud de la religión hacia la ciencia es «necesariamente hostil»: «Todos los intentos de reconciliar la fe con la ciencia y la razón están llamados a fracasar y a quedar en ridículo precisamente por tales razones». Sentencia Hitchens que «a la religión se le han agotado las justificaciones. Gracias al telescopio y al microscopio, ya no ofrece ninguna explicación de nada importante».

Pero esta rivalidad entre ciencia y religión es ficticia. Como han denunciado muchos críticos, los nuevos ateos manipulan de forma interesada estos temas hasta el punto de que difícilmente un creyente se puede ver retratado en las creencias que le atribuyen. Se usan con frecuencia pasajes simbólicos de la biblia para ridiculizar al creyente, instrumentalizan la ciencia para que apoye sus propias ideas, que no se concluyen de la misma. Por otra parte, se equivocan cuando ven a la fe como un rival de la ciencia. La fe no es ninguna clase de pseudociencia ni dispensa al creyente de buscar la evidencia. El cristianismo no pretende ofrecer una explicación científica del mundo. 

El buen creyente odia la razón 

Estas posiciones se fundamentan también en una concepción errónea de la naturaleza de la fe. Se piensa que «creer» equivale a sostener hipótesis sin que existan pruebas empíricas suficientes. Sam Harris es particularmente claro en este tema. Como la fe contiene creencias que se refieren al mundo y que guían nuestra conducta, pero no se somete a ningún tipo de evidencia, «es sencillamente una creencia injustificada en asuntos de gran importancia». Por ello la fe es irracional, es una impostura, una sinrazón. «Donde hay razones que sustenten nuestras creencias, no hay necesidad de fe», describe Harris. Esta caracterización de la fe es común a otros ateos del grupo. «La fe religiosa es un silenciador potente del cálculo racional», escribe Dawkins. Creer significa que «no hay que justificar lo que se cree». 
Pero esto significa que la fe religiosa es siempre algo malo, porque no se debe creer aquello que no cuenta con argumentos suficientes. «La fe es un mal precisamente porque no requiere justificación ni tolera los argumentos». Lo más terrible –dice Dennett– es «su irracional certeza de tener todas las respuestas». Por ello  según ellos las creencias religiosas resultan inmunes a la crítica, al progreso, al diálogo. 


Sin embargo, esta caracterización de la fe es extraña y no responde a los análisis que la tradición filosófica y teológica ha venido realizando de la misma. La fe no consiste principalmente en suscribir la proposición de que existe un Ser Supremo sino en la adhesión de corazón a Dios, en la entrega total y libre a Dios. La fe no es tampoco aceptar unas proposiciones sin pruebas suficientes. La relación entre conocimiento y creencia no es tan simple como parecen pensar los nuevos ateos, según los cuales sólo cabe un tipo de conocimiento, el científico, el cual excluiría toda creencia. Todas las personas tenemos muchas creencias que son razonables, sin que las podamos justificar de un modo impecable. El mismo conocimiento científico descansa en unas creencias. Como señala con fina ironía Eagleton: «Incluso Richard Dawkins vive más de la fe que de la razón» 

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