A la hora de establecer los principales motivos que le han acercado a alguien a la fe católica, nos podemos encontrar, dependiendo de las personas distintos argumento, diferentes recorridos en las que se entremezclan las historias personales y razones teológicas que han impactado en cada cual de formas diversas.
En mi caso, se da curiosamente una circunstancia en la que, al cabo del tiempo veo que unas razones, mas de tipo teológico me llevaron a acercarme a la fe católica, mientras que existe otra “post conversión” en la que existen otras razones que me inclinan a confiar en la Iglesia católica. Una de esas razones de mi post-conversion es la machaconería con la que la Iglesia católica, casi en solitario ha tenido razón en aquellas cuestiones en las que se le ha criticado por su dogmatismo.
Desde la progresía de todos los tiempos se nos anima a mirar al futuro como un punto en el que veremos el avance del hombre hasta su culminación final, cuando en realidad se nos oculta que no hay nada tan incierto como el futuro. El mundo no mejora en general ni en general empeora, sólo hace una cosa: tambalearse. Si lo contemplamos en perspectiva puede mejorar en algunos aspectos con la ayuda de auténticos reformistas, pero, en sí mismo, eso no es un progreso: la vida no es una escalera; es un columpio.
Por defender esto la Iglesia ha sido despreciada a lo largo de cuatrocientos años. Nunca sostuvo la Iglesia que los males pudieran ser o no ser enmendados, o que las comunidades pudieran ser o no ser felices, o que no valiera la pena ayudarlas en cosas materiales o seculares, o que es bueno que se practiquen más las buenas formas, que la gente viva mejor o que haya menos delitos. Lo que sí dijo es que no debemos contar con que la gente vaya a vivir mejor o con que disminuya la crueldad en el mundo como si esto fuera una tendencia social inevitable hacia una humanidad sin pecado, en lugar de una posibilidad del hombre, que a veces mejora y otras veces va a peor.
La intolerancia católica.
Pero vayamos al punto que señalaba como mi “post conversión“. En la historia se han planteado diferentes puntos polémicos en los que se ha acusado de su intransigencia dogmática a la Iglesia y que han tenido que ver directa o indirectamente con el sexo. Así tenemos en general las legislaciones en relación al divorcio, al aborto, al uso de preservativos, a la fecundación artificial, al matrimonio y relaciones homosexuales, etc…
Veamos un ejemplo concreto con el caso mas establecido y más “light” como es el caso del divorcio. En su planteamiento mas extremo el divorcio negaba la capacidad del hombre de comprometerse y la inutilidad social y personal de una institución como el matrimonio. En una vertiente más extendida y mas moderada se defendía la necesidad de toda pareja de mantenerse fiel a su matrimonio, aunque se admitían que en algunos casos extremos y extraordinarios se podía permitir el divorcio. Lo cierto es que esta actitud no parecía poco razonable pero, sin embargo, la Iglesia católica, casi en solitario, declaró que esto conduciría a la anarquía; y la Iglesia católica tuvo razón: el que contemple el mundo de hoy con ideas en la cabeza debe reconocer, con independencia de cuáles sean esas ideas, que la sustancia social del matrimonio ha cambiado. Muchas personas se casan hoy pensando que pueden divorciarse y en ese instante toda la antigua concepción del compromiso desaparece. La excepción ha terminado siendo la regla.
Un ejemplo similar nos lo encontramos en el caso del aborto: se planteó en inicio como un derecho necesario para aquellos casos extremos (violación, graves deficiencias en los niños, , el remedio a aquellos abortos clandestinos etc…) . La progresía lo vendió en un retruécano intelectual, incluso como un método para acabar con el aborto. Pero incluso en esos casos la iglesia volvió a decir que la excepción terminaría convirtiéndose en la regla: basta ver hoy en día cual es la situación.
Pero lo curioso es que esta progresía propone para estos temas una salida fácil con la esperanza de que la gente la usará de forma moderada, cuando lo más probable es que la mayoría la use indiscriminadamente. Es extraño que los escritores y pensadores que así razonan no vean este hecho, ya que, en todo lo demás, han dejado de ser optimistas con respecto a la naturaleza humana y en general son mucho más pesimistas que respecto al hombre que lo es la Iglesia católica.
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