Slaughter contesta a esas objeciones, y critica un feminismo que anima a las mujeres a convertirse en “superwomen": personas capaces de prosperar en el ambiente ultracompetitivo de los grandes bufetes o las compañías tecnológicas más punteras; al feminismo que repite como un mantra el “puedes tenerlo todo”.
No es que Slaughter no crea en la inserción laboral de las mujeres, sino que piensa que más que jalearlas a “unirse para la lucha”, es hora de cambiar ciertos hábitos laborales que impiden en la práctica la conciliación entre el desarrollo profesional y la formación de un hogar. Seguir proponiendo modelos espectaculares pero inalcanzables para la mayoría, aunque sea con buena intención, produce frustración en las mujeres que no logran alcanzar ese ideal, y sensación de culpa entre las que deciden aparcar temporal o definitivamente su trabajo para dedicarse a la familia.
Slaughter propone cambiar la “mística de la competitividad” domina gran parte del mercado laboral, según la cual se ponen por encima sectores como el tecnológico, el legal o el financiero sobre otros trabajos más relacionados directamente con el servicio a otras personas como enseñar o cuidar de niños y ancianos...
Según ella, la misma idea de liderazgo en estos sectores, donde además predominan los hombres, está estrechamente relacionada con la competitividad y con hablar más que escuchar. La solución no es que las mujeres adopten el patrón masculino, sino ir modificando poco a poco estos ambientes.
Según ella, la misma idea de liderazgo en estos sectores, donde además predominan los hombres, está estrechamente relacionada con la competitividad y con hablar más que escuchar. La solución no es que las mujeres adopten el patrón masculino, sino ir modificando poco a poco estos ambientes.
Propuestas de este estilo son las que Slaughter considera necesarias para avanzar en un feminismo que no excluya a la familia. Sin embargo, más allá de las medidas políticas concretas recomendadas por Slaughter, ella hace una apología del servicio a los demás. La sociedad, llevada por la cultura laboral imperante, ha minusvalorado las tareas relacionadas con el cuidado de otros, ya sean de la propia familia o como trabajo profesional. Es hora de revalorizarlas, facilitando que más hombres y mujeres puedan compatibilizar su trabajo con la familia, y también reconociendo debidamente (por ejemplo, en el sueldo) sectores como el de la educación, el cuidado de los niños o la atención a los enfermos.
Esta es, para Slaughter, la próxima meta hacia la que debería dirigir sus fuerzas el feminismo.
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